Casariche en "El Ruedo Ibérico 2"


Obra de Ramón del Valle-Inclán

(1866-1936)

EL RUEDO IBERICO 2

Viva mi Dueño (1928)

Libro Primero
Almanaque Revolucionario

(…)

Libro Segundo
Espejos de Madrid

(…)

Libro Tercero
El Yerno de Gálvez (…)

(…)

XV

(…)

Fernández Vallín, desabrido y con mal gesto, comenzó a vestirse las burdas prendas, extendidas sobre el catre de la maritornes. El Niño puso el candil en un clavo y tomó asiento sobre el baulete:

-Querido Benjamín, con que usted se pruebe el vestuario nada se pierde. Que pueda concertarse la fuga para esta noche no lo juzgo tan mollar como el amigo Don Epifanio. Villar Grande está lejos y esas carreteras muy vigiladas.
Cortó rotundo el cubano:

—Segis, como quiera que sea, no vuelvo a entumecerme en el desván de las Madres. El compromiso de mi tía es muy grande.

Asentían los hipos asmáticos del Señor Castro Belona:

 -¡Mi consejo es alejarse! ¡Alejarse! ¡Volar lejos de Córdoba!... Mi proyecto está cuidadosamente estudiado. En Casariche...

Don Segis sacó lumbre del veguero:

—¡Me lavo las manos!

XVI

(…)

—¡Garibaldi! El moderno Napoleón. Yo he servido en sus filas. Sépase que este ciudadano es un revolucionario enemigo personal del Papa. Con este ciudadano puede usted franquearse. Usted no es lo que aparenta, usted se ha disfrazado para escapar de  alguna gorda. Las manos de usted no son las del hombre trabajador. Y no lo son, enseñe usted los callos.

Amontonó el ceño el criollo:

—He sido escribiente.

—¿Y cómo tanto ha bajado?

—¡Las enfermedades!

Le miró el tuno de los calderos:

—No valen disimulos con esta calandria. Usted escapa del Gobierno. Y como es usted el niño de la bola, se ha encontrado con el ciudadano Martínez de Casariche. En Casariche pregunta usted, y allí le informan hasta los perros de quién es Martínez el Garibaldino. Me conocen con ese nombre por haber servido en las filas del Gran Patriota. El Prim de la Italia, que le pone las peras a cuarto al Padre Santo. ¡Caballero, puede usted confiarse!

—A ti te ha contado un cuento la tuerta del rancho.

Vallín, si con las palabras aún persistía en disimularse, en lo recóndito del ánimo ya se  Inclinaba sobre el propósito de confiarse y tratar con el tunante. Por los remotos confines de un altillo asomaban dos siluetas con luces de charoles:
(…)
XXIII
Fernández Vallín, que atendía con un fulgor de cólera, repentinamente se desató en verboso
 Torbellino de temerarias jactancias: Empuñaba el revólver. Tenía el arrebato lúcido, la fría y apasionada tensión de los jugadores en el tapete verde, y a sabiendas arriesgaba la vida en aquel albur de bravatas:

—¡Esto se resuelve a tiros! ¡La vida para mí no es nada! ¡Al primero que haga un gesto le dejo frío! ¡Canallas! ¡Ladrones! ¡Miserables!

Como el viejo y el mozo levantaban las escopetas, tornó a mediar el otro tunante:

—Ahora le ha llegado a este caballero la vez de cantar su valentía. ¡Calma y buen tiempo! Este caballero tiene la mosca en la oreja porque de antes le habéis escamotead o un chulí con muy mala gracia: Caballero, usted no se acalore. El paso en que usted se ve no es nuevo. Usted, como cualquier nacido, tiene sus cuentas con la Justicia y excusa verle la cara. Pues vamos con estos pollos a estudiar cómo usía sale adelante. ¿Es otra cosa la que tenemos hablado? Apéese usía de la sulforosa, que de este mal paso le saca a usía el ciudadano Martínez de Casariche. ¿Tiene usía cincuenta onzas?

—¿Es la tarifa?
Fernández Vallín sostenía la mirada de reto: Metíanse por la jara el padre y el hijo, apartándose cada cual a tomar posición en opuesto flanco, con tácita conchaba. El tuno de los calderos rasgaba con una risa de soflama su boca negra:

—¡Quietos vosotros! ¡Y usía no se vaya del seguro, que aquí está para servirle el ciudadano Martínez de Casariche! Afloje usía la mosca, que conviene tener seguros a estos ángeles. Sepa usía que esa gente puede darle muy buena ayuda.

Repuso el criollo, despectivo:

—¡Cincuenta onzas! ¿A cambio de qué?

—¡A cambio de poner a usía en Gibraltar! ¿Hace?

—¿Y quién me asegura de que no voy a ser traicionado por esos bergantes?

—¡La mosca!

—¡No la tengo!

El compadre se recostó sobre el asnete:

—¡Pues usted verá lo que hace!

Fernández Vallín sentía el aplacamiento de su cólera con un frío desdén por las dos escopetas que, distanciadas y encañonándole, salían por la jara. Se resolvió a parlamentar:

—Ese dinero puedo entregarlo en Gibraltar.

—Vea usía de contentar ahora a esos gachos.

Volvió a sulfurarse la sangre criolla:

—¡Con una bala!

¡Ya estamos en ello; pero por mi mediación se priva usía de ese gusto! ¡Tíreles usía cincuenta durandartes, y no se hable más!

—¡No los tengo!

—¡Pues usía verá lo que hace!

Fernández Vallín, con dual inquietud, consideraba el peligro de soliviantar la codicia de aquellos tunos con la dádiva, y las consecuencias de la negativa frente a las dos escopetas que le encañonaban. Simuló transigir:

Tengo fondos en un Banco de Gibraltar. No cincuenta onzas, cien entregaría yo al que me pusiese libre en aquella plaza.

Conviene antes algún resplandor.

Pues vais a seguir ciegos. Si uno de vosotros quiere exponerse llevando una carta a Córdoba...

—¿En Córdoba tiene usted fondos?

Indudablemente.

Pues escribirá usted esa carta y menda la llevará a su destino. Guárdese usía el revólver, que el trato es trato, y no tenga usía recelo de ninguna cosa.

—¡Ya lo sé! No está vuestro negocio en quitarme ahora la vida, sino en robarme.

—¿Escribirá usted esa carta?

—¡No te repuches tú de ir con ella!

El compadre llamó a los ocultos en la jara:

—¡Allegaos acá vosotros y no hagáis más papeles!

Alobados y por distintos lugares, volvieron al camino los ternes del ventorro. Bramó el mocete:

 —¡Ya aburre tanto hablar¡

Vallín le despreció con una mirada y acudió el viejo, cambiando su guiño con el ciudadano Martínez:

—¡A ti te toca callar en donde esté tu padre!

Luego, el ciudadano propuso los términos de la componenda, y para discutirla se salieron fuera del camino, a un raso quemado en la jara. El viejo ventorrillero solapaba su dura expresión en un gesto malvado:

—¡Caballero, verá usted cómo se le sirve honradamente!

Brutalizó la voz del mocete:

—¡Que haya luz!

 Y entonó con fervor demagógico el ciudadano de Casariche:

—¡En el mundo todos estamos para ayudarnos!

A lo primero se inclinaban por ocultar al fugitivo en el ventorro hasta tener re solución de la carta: Luego apuntó el vejete sus dudas, recapacitando el compromiso que aquello le suponía si llegaba a olérselo la Pareja. Vallín, entonces, insinuó que le llevasen a Córdoba: Aseguróse el viejo:

—¿Podrá usted recoger fondos?

—Indudablemente.

—Pues esta noche a Córdoba. ¡Y ojo!

XXIV

Escondiéndose salieron al camino de ruedas que va por Cabrillas y Villar Grande a Ñuño Domingo. Transitaba, entre nubes de polvo, el rezago de una feria.—Piños de ovejas y cabras, tropas de mulos y caballos, yeguas de vientre, recuas arrieras, carricoches de lisiados, galerones de titirimundis.— Quedándose a la sombra de unas encina s, volvieron a disputar sobre lo más conveniente. Revolvióse Vallín contra el acuerdo de los tunantes:

—¡El hijo de mi madre no se agazapa aquí sin comer!

El ciudadano de Casariche se golpeó el pecho:

 —¡Cada cosa con su compás, caballero! Las ferias de primavera llevan mucha concurrencia por los caminos, y todo ay que mirarlo.

—Yo necesito un pedazo de pan que me sostenga. No faltará cerca algún ventorro.

—No faltan... Pero usted tiene el genio muy súbito, y donde que se vea entre concurr encia nos mueve usted el gran escalzaperros.

—Y me denuncio.

—O le hacen a usted la capa. Esta gente se precia mucho de dar amparo a los delincuentes, y para darle a usted amparo ya estamos nosotros.

Murmuró el viejo:

—Para darle amparo, para cubrirlo con nuestro cuerpo y para servirlo en cuanto se ofrezca.

—Está bien. Pero yo he resuelto hacer mi voluntad. Terció el ciudadano de Casariche:

—No se quedará usted sin acallar la gazuza. ¡Esto hay! De un zurrón sacó recado de aceite, sal y vinagre.

Santiguóse el viejo:

—¡Alabada sea la gracia de Dios!

Vallín dudaba si tomarlo a broma:

—No es un banquete.

—Haremos gazpacho. El chaval, que no es manco, garbeará algunos frutos por esas huertas.

Fernández Vallín, sin atender aquellas discretas razones, se dirigió al camino, y los ventorrilleros le apuntaron los retacos con alteradas voces:

—¡Que te pongo una bala!

—¡Quieto!

—¡Tente!

Fernández Vallín, mirándose en manos de aquellos tunantes, comenzaba a discernir, como lo más seguro, volverse a la bufarda de las Madres Trinitarias. En Córdoba sería lo más cuerdo aflojarles la mosca y cada uno por su lado.

—¡Falsario!

—¡Te juegas la vida!

—¡ Alto!
—¡Quieto!

—¡Traidor sin palabra!

El ciudadano de Casariche, en el entretanto, corría a tenerle: Fernández Vallín le dobló de una bofetada, y sin volver la cabeza siguió adelante. Los otros dos seguían encañonándole, poseídos de colérico asombro ante aquel desprecio de no volver la cara, un nunca visto rentoy al rentoy de sus retacos: Bramó el chaval:

—¿Me lo tumbo, padre?

—Está el camino muy transitado.

—¡Que se nos vuela!

—¡Déjalo que se vaya de naja!

—¡Lástima no meterle una onza de plomo!

—¡Y no sacar cosa si no es el compromiso de la trena!

—¡Nos la ha diñado!

Fernández Vallín, apresurando el paso, se juntaba a una cuerda de trajinantes. Las ferias de Sevilla —no es cosa nueva—, con tanta gente forastera como allí acude, agonizan en luminosas boqueadas por las villas y caminos del Betis. Toda aquella tierra de moros romanizados celebra con festejos de pólvora y campanas los verdes de abril y mayo.


XXV

Fernández Vallín, metido en la cuerda de trajinantes, aun cuando asegurado de momento, se sobresaltaba, presintiendo la delación de los tunos a quienes dejaba burlados: Fortaleciéndose de fe religiosa, besó el rosario que llevaba al cuello, y en aquel amparo descansó la zozobra de sus pensamientos, pero a lampadas fulminábale el recuerdo de los picaros con sus acechos y malas artes. Andando camino, le distrajo la plática de un mozo que cargaba en espuerta pintada imaginería de barros: —Toros, piqueros, santos de cerquillo, serafines en punto de baile, parejas de vito y fandango (…)


Libro Cuarto
Las Reales Antecámaras


(…)

Libro Quinto
Cartel de Ferias

(…)

ETC, ETC…



CASARICHE
UN PASEO POR NUESTRA HISTORIA
©Francisco Estepa López
Es propiedad del autor. Todos los derechos reservados.

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